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Hoy quiero recomendar un libro: “El cielo de Lima” de Juan Gómez Bárcena (sin “s” final). Se trata de una novela dentro de una novela o incluso mejor, de un juego de espejos literarios donde se entremezclan ficción y realidad, donde las palabras cobran vida y se hacen historia y un buen ejemplo, muy recomendable, de libro-paradoja que plantea los límites de la literatura y su influencia en las vidas de personas reales e inventadas y en sus relaciones (disculpen la complejidad, pero la novela lo merece).

La trama se sitúa en Lima, a inicios del siglo XX y el primer afectado, en los límites de la realidad, es Juan Ramón Jiménez quien en 1913 escribió un poema a una misteriosa limeña, Georgina Hübner, de la que nada se sabe… Partiendo de esta historia (real o inventada, aunque el poema existe), Juan Gómez Bárcena (autor de carne y hueso, aunque convencido de que la literatura tiene, en ocasiones, más peso e importancia que la realidad) se dispone a imaginar quién fue, realmente, Georgina y la convierte en la creación de dos jóvenes peruanos, aspirantes a poetas: Carlos Rodríguez y Jose Gálvez, quienes deciden escribir una carta a Juan Ramón para pedirle una copia de su nuevo libro, simulando ser esta mujer, al considerar que el poeta de Moguer será más receptivo a los encantos de una tímida y bella limeña que a los de dos jóvenes varones sin más armas que sus propias palabras. El poeta responde a la misiva, dando vida a Georgina y se inicia así una larga y melancólica correspondencia entre la mujer inventada y el poeta, ficcionalizado por Juan Gómez Bárcena. Esta impostura o historia hecha de palabras y deseos acaba afectando a los poetas protagonistas, como si Georgina fuera más real que sus propias vidas; luego afecta a Juan Ramón (al imaginado y al histórico), como si Georgina fuera más real que las personas que le rodean y por último, puede llegar a afectar al lector, quien (o al menos en mi caso) desearía que Georgina hubiera existido de verdad (quién sabe…) y si no, que la trama se hubiera extendido más para poder seguir disfrutando de esta gran (breve) novela, en contraste con la cual, la vida es aburrida y anodina.

El final es precipitado, algo esperable, rápido e inevitable, quizás como la vida. Si hubiera sido una ficción “habitual” (entiéndase, novelón al peso, del estilo de los dramas históricos ficcionalizados con conspiraciones mundiales que tanto abundan hoy en día en las librerías y tan malos son para las espaldas de los que solemos cargar con muchos libros) esta novela habría tenido muchas más páginas, muchos más conflictos y muchos más personajes y líos entre ellos. Pero, en este caso (y quizás sabiamente) el autor ha elegido brevedad, sencillez, concisión y un golpe maestro, final e inclemente, del que no voy a decir nada más.

Quisiera destacar la atmósfera de la novela, su verosimilitud y su ritmo, Juan Gómez Bárcena describe Lima y sus alrededores con atención minuciosa y detallista, imita el lenguaje y las expresiones peruanas, describe costumbres y tradiciones y conoce el origen y el carácter de los protagonistas, como si en vez de haber nacido en Santander a finales del siglo XX, hubiera vivido en la Lima de inicios del mismo y tomara pisco todas las noches en compañía de los protagonistas. También es digna de mención la maestría literaria del autor y su facilitad con el lenguaje y los juegos de ficción, como en los numerosos casos donde lo sucedido en la novela se entrelaza, ya no sólo con las tramas de otras novelas y con episodios históricos conocidos por todos y que llegan hasta el presente, sino con la realidad misma de la novela, como “objeto libro”, con páginas y capítulos. Por ejemplo: hay referencias internas, en conversaciones entre personajes sobre la distribución de los capítulos; en ocasiones, la paginación de la novela se corresponde con el número de cartas enviadas entre el poeta y Georgina y los protagonistas, Carlos y José, creyendo escribir una novela (que es la que lee el lector) son los que distinguen entre personajes protagonistas y secundarios. De entre los secundarios, no quiero dejar de mencionar al licenciado Cristóbal que aconseja a los jóvenes poetas con la redacción de lascartas y tiene unas interesantes (y a su modo, posmodernas) teorías, sobre la influencia de las palabras para la creación de la vida y del amor.

Para acabar, la paradoja, siguiendo las ideas del licenciado: tras leer “El cielo de Lima”, me he llegado a plantear que no somos nosotros los que escribimos cartas o novelas, sino que éstas (y por extensión contemporánea: los correos electrónicos, las publicaciones en las redes sociales o las entradas de un blog) son las que nos escriben a nosotros, conforman nuestra forma de ser (o de parecer) ante los demás, nuestras relaciones y pueden modificar nuestras circunstancias. Un ejemplo clásico: una carta de amor que cautive al receptor; ahora bien, el receptor ¿es completamente real e invariante o su ser también depende de lo que lea en la carta y de lo que haya proyectado el que escribe?. Otro ejemplo, más contemporáneo y pragmático: una carta de presentación para un trabajo que, según cómo sea escrita, será más o menos exitosa y podrá llegar a cambiar la vida del solicitante de empleo.

En conclusión, aunque no cuestiono la existencia física, corporal, de nadie, sí que considero que lo que somos, como personas, no depende sólo de esa corporalidad, sino también (y de modo muy relevante) de lo que hayamos leído y escrito a lo largo de nuestras vidas. Juan Gómez Bárcena lleva, hasta sus extremos y con maestría, esa confluencia entre literatura y realidad.

(“El cielo de Lima” fue publicada en Salto de Página en primavera de 2014)

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Durante su comparecencia del 29 de septiembre, cuando Rajoy anunció que iba a formalizar (de un día para otro, con una velocidad suprema e inusitada para estos procedimientos legales) el recurso de inconstitucionalidad sobre la ley de consultas catalanas, su principal argumento fue la inmensa injusticia que conlleva que un grupo minoritario de españoles (es decir, los catalanes independendistas) quisiera decidir por sí mismo, imponiendo su deseo y su voluntad sobre el conjunto y la totalidad de ciudadanos de la nación, lo que resulta contrario al artículo primero de la Constitución (el que mantiene que “la soberanía nacional reside en el pueblo español”) y en lo que además, supone, siempre según Rajoy el “recurso demagógico” de apelar a algo que suena bien (es decir al derecho a decidir) cuando, en realidad, se está privando de ese derecho a su auténtico poseedor: el pueblo español en su conjunto. Además, para mostrar la estabilidad y consistencia de su decisión, el presidente no ha dejado de insistir en que la postura del gobierno se ha mantenido inflexible e inmodificable desde aquel 12 de diciembre de 2013, cuando Mas le propuso por primera vez la realización de la consulta.

Ahora bien, ¿hasta qué punto esta argumentación de Rajoy no es asimismo unilateral y demagógica? Es decir, cita el artículo primero de la Constitución para objetar que un grupo por separado pretenda decidir por el conjunto de los ciudadanos, pero al mismo tiempo obvia el punto primero de ese mismo artículo que sostiene que los valores superiores del ordenamiento jurídico español son la “libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”. ¿Dónde han quedado estos valores, especialmente la libertad y el pluralismo, en las palabras de Rajoy y en la postura del PP, no sólo ante la consulta de Cataluña, sino también ante cualquier propuesta de otros partidos o ciudadanos? (Recuérdese lo que pasó con la propuesta de reforma de ley para la dación en pago de la Plataforma por Afectados de la Hipoteca…)

Las objeciones de Rajoy a Mas, por la supuesta demagogia de la propuesta soberanista, son, a su vez, una muestra de la argumentación demagógica del presidente del gobierno que se niega a cualquier tipo de diálogo, que no se presta a contemplar otras opciones, que no admite un cambio de opinión y que bloquea cualquier tipo de consulta o propuesta que no admita los principios y las ideas del gobierno. Es decir, Rajoy se escuda en la totalidad y el conjunto de los ciudadanos españoles para argumentar que una parte no puede decidir por el todo, pero en realidad, el presidente está defendiendo las ideas de sólo un sector de la población española: los suyos, los conservadores, tradicionalistas y unitarios que mantienen la idea de “España, una y grande” y obvian que la idea de nación es una construcción histórica variable, que ha cambiado a lo largo de los siglos y que puede volver cambiar.

Los argumentos de Rajoy, en defensa de los intereses del conjunto de los españoles, se invalidan a sí mismos en tanto el presidente no respeta el pluralismo y las diferencias internas de ese conjunto, sino que impone, de modo unilateral, las ideas de un sector sobre las de todos los demás y se niega a cualquier tipo de diálogo. Esa postura, unilateral y cerrada, acaba siendo dogmática y cabría incluso decir, antidemocrática. Aunque aquí cabe un matiz: para el gobierno actual, la democracia se ejerce en las urnas, una vez cada dos años (si contamos elecciones generales y municipales) y después, respaldados por su mayoría absoluta, ya pueden hacer lo que les venga en gana y negarse a debatir (e incluso escuchar) cualquier opinión o postura distinta a sus propias ideas. Quizás haya llegado el momento de reivindicar una comprensión y una práctica más plural, amplia y participativa de democracia.

Aquí se puede ver la comparecencia de Rajoy, si os apetece:

http://www.expansion.com/2014/09/28/economia/politica/1411932107.html

  1. Incertidumbre

Incertidumbre que carcome el ánimo y las ganas. El no saber si mañana podremos seguir en el mismo lugar, hasta ahora conocido, o si habrá que migrar lejos, en busca del pan. La peste de nuestra época, en este país, no es el tifus, ni siquiera (hasta el momento) el ébola; sino que afecta a la paciencia y a la esperanza de encontrar un trabajo medianamente decente, con salario digno y días libres para posibles contingencias. La falta de certeza que corroe poco a poco, diariamente, como una rutina gris y opaca de una búsqueda constante cuyo final no se puede prever. El miedo de no saber si se llegará a fin de mes. El miedo a perder el empleo y no poder volver a encontrarlo. El miedo de que te desahucien de tu casa, por no poder pagar y acabar sin techo. El miedo de que se estropee el coche, el ordenador, la lavadora [póngase aquí el trasto que se prefiera] y no poder pagar el arreglo, ni comprar uno nuevo y quedarse sin algo imprescindible para el trabajo o para la búsqueda. Reconocer que dependemos de esos trastos, más de lo que pensábamos; así como de otras personas; y sin embargo, crece la desconfianza.

  1. Desconfianza

La consecuencia más insoportable, real y despiadada de este clima de incertidumbre no es la pérdida material, ni la falta de recursos, ni siquiera la posibilidad, siempre abierta, de tener que volar lejos o acabar sin habitación propia. Se trata más bien de la pérdida de vínculos entre personas, de la competencia desleal y descarnada que puede llevar a superar y destruir a los demás para obtener algo en esta espiral descendente, con pocas salidas laborales y mucha presión por medrar. La tensión entre humanos, la desconfianza y el conflicto latente. La competitividad. El ascenso de la violencia, física o verbal. El aumento de los silencios, los cortes y la negativa a la conversación (“No se lo digas, mantén el secreto, no vaya a ser que te supere en la entrevista de trabajo…”) El inicio de una lucha entre iguales, donde la precaria situación de cada cual importa más que el bienestar del conjunto. No hay equilibrio, no hay igualdad, sólo pugna y posibles puñaladas por la espalda. ¿Dónde quedaron las redes?

  1. Redes y política

Y sin embargo, compartir, fomentar la solidaridad entre iguales, buscar redes de apoyo mutuo, asociaciones vecinales, voluntariados, alternativas a la vivienda, cooperativas para arreglar ordenadores, electrodomésticos o bicicletas y crear sistemas de trueque donde la moneda de cambio no sean los euros, sino el tiempo de trabajo, la habilidad y el esfuerzo no es suficiente.

No niego (nunca negaré) que las iniciativas para recuperar la comunidad y la solidaridad y para buscar alternativas al capitalismo son necesarias y prácticamente imprescindibles en esta época donde perdemos suelo, todo se tambalea y amenaza con caer sobre nuestras cabezas. Sin embargo, limitarse a cultivar estas redes es poner una mínima tirita en una herida mucho más profunda y preocupante, que nos trasciende y envenena y que tiene componentes económicos y políticos que afectan sobremanera a nuestras vidas.

La crisis que impera tiene consecuencias humanas y sociales graves, alienantes y más preocupantes cada día, pero no podemos quedarnos en las consecuencias y tratar de solucionarlas con cuidados paliativos y solidaridad. Tenemos que remontarnos hacia las causas económicas y políticas de la crisis y observar cómo mientras aumenta la precariedad, la desconfianza y la necesidad de migrar, otros (banqueros, políticos, empresarios…) siguen enriqueciéndose y acumulando capital. Impera la crisis, pero también aumenta cada vez más la desigualdad entre grupos y se vuelve a abrir la brecha entre las dos Españas (brecha ahora redefinida entre poseedores y desposeídos, o entre bien situados y posibles exiliados).

El fomento de la solidaridad, de las alternativas al capitalismo y de las redes éticas para mejorar las relaciones humanas es huérfano e impotente si no se acompaña de una reivindicación política igualitaria, de la lucha para evitar privilegios fiscales, evasiones y acúmulos de capital; del control de los bancos, así como de la presión para reformar la legislación laboral para prohibir la explotación laboral, los contratos precarios y las prácticas no remuneradas en empresas millonarias (entre otras muchas medidas que deben ser pensadas y discutidas en los meses que vienen).

Si no pensamos más allá de las redes solidarias y no trasladamos nuestras reivindicaciones a un ámbito económico y político, estamos perdidos de antemano y nos quedaremos en la incertidumbre y la desconfianza.

Calentando motores para las elecciones.

Sumándose al duelo por las recientes pérdidas de esos insignes varones que vigorizaron la economía de este maltrecho país (fomentando la explotación laboral para aumentar su margen de beneficios…) esta mañana, la exministra Chacón ha escrito una emotiva y breve reseña en El Mundo (se puede leer aquí, aunque no sea de gran interés) en la cual recuerda con nostalgia y orgullo sus años universitarios, financiados gracias a trabajos temporales en el cortinglés de la Diagonal, donde un día intercambió un par de frases casuales con Isidoro Álvarez, el recién finado presidente de esta empresa.

En primer lugar (y situada en el presente) me ha sorprendido que, quince o veinte años atrás, alguien pudiera pagarse los estudios universitarios con trabajos temporales en centros comerciales… No ha llovido tanto desde entonces, pero o bien la subida de tasas universitarias o bien la precarización de las condiciones laborales (o la suma de estos dos factores) hacen imposible hoy en día que alguien pague sus estudios con trabajos de verano en centros comerciales. Afortunada Chacón, que aún vivía en una época donde no había que endeudarse, ni matarse a trabajar, en el caso de haber encontrado trabajo, para acabar el grado y no voy a mencionar los másteres y sus precios abusivos…

Aunque, si lo pensamos fríamente y con mentalidad empresarial, como la de estos varones ejemplares, próceres de la empresa nacional, que acaban de pasar a mejor vida (o a ninguna) ¿para qué hartarse a trabajar y pagarse los estudios, con esfuerzo, turnos dobles y noches sin dormir, cuando, la lección más importante (para los comercios o para cualquier organización, Álvarez dixit según Chacón), no está en las aulas, sino que consiste en igualar a personas y clientes y darles siempre la razón?

Oh sí: “la clave son los detalles” y “llámalo cliente o llámalo la gente”, da igual, hay que darles la razón y venderles muchas mercancías, para que de este modo no deje de girar nunca la rueda del capitalismo, la empresa no se hunda y podamos seguir aumentando los ingresos y expandiéndonos a nivel internacional…

Pero toda expansión tiene su límite: al igual que no se puede vivir eternamente, tampoco se puede mantener, siempre en ascenso, esta rueda del consumo y la falta de pensamiento crítico… Quizás haya llegado el momento de que algo cambie.

Se acercan las elecciones, tan controvertidas, tan disputadas, tan poco relevantes (quizás) para el ciudadano de a pie y sin embargo tan omnipresentes en las calles, en los medios de comunicación, en conversaciones de café y de pasillo donde no deja de discutirse el final del bipartidismo, la misoginia de Arias Cañete o los más recientes éxitos de los candidatos con coleta y estilo libre…

De todo esto se ha vertido tanta tinta y saliva que no insistiré, tan sólo quisiera referirme a un cartel que, de entre todos los carteles que se apelmazan estos días las calles de Madrid, ha llamado mi atención y me ha dejado epatada. El cartel en cuestión es éste:

Abstención activa

Tras buscar más información sobre esta iniciativa mi asombro ha aumentado con creces al comprobar que los organizadores son las “Juventudes Libertarias”, una red muy bien organizada que estas semanas se ha recorrido prácticamente toda la Península Ibérica dando la misma charla y defendiendo una única idea: “abstención activa”.

La idea en sí no me queda nada clara, puede recordar fácilmente a lo que en lógica clásica se llama una “contradictio in adjecto”, es decir, el sustantivo y el adjetivo mandan mensajes contradictorios y no se entienden entre sí, porque ¿cómo va uno a ser activo al mismo tiempo que se abstiene?

No seré yo de quienes diga que quien no vote no tiene derecho a opinar ni criticar sobre política. Me parece completamente comprensible que alguien decida quedarse en su casa el próximo domingo en vez de acudir a las urnas, por pereza, por desidia, por resaca, por falta de interés en general, por paella familiar o por el motivo que sea… Hasta aquí ningún problema. Ahora bien, convertir esa decisión abstencionista en un gesto de lucha revolucionaria, en la primera piedra para destruir el sistema hasta sus cimientos y empezar de cero me resulta poco significativo como gesto, además de bastante poco eficaz como forma de lucha. Es decir, ¿quién se va a enterar de que has decidido, activamente, no ir a votar para así cambiar el sistema?

Por otro lado, si hilamos fino, “abstención activa” puede entenderse como voto blanco o nulo, pero ¿cuáles son las consecuencias de cada una de estas opciones?

En primer lugar y pace nuestra inextricable e injusta Ley d’Hont: los votos en blanco se cuentan en los totales de voto, por lo que los partidos deben conseguir un mayor número de votos para lograr un escaño. En otras palabras: conseguir un escaño cuesta más números de votos conforme más personas voten (aunque sea en blanco) y como consecuencia, los partidos minoritarios se van a ver perjudicados porque al tener menos votos les va a costar más conseguir los escaños y no van a poder “arañar” escaños. Es decir, votar en blanco acaba beneficiando a los partidos mayoritarios (sobre todo PSOE y PP); así que esta opción acaba siendo muy poco reformista y para nada revolucionaria…

En segundo lugar, los votos nulos no se cuentan, se tiran a la papelera (esto es una metáfora) en el momento del cómputo total de votos. Así que, hasta nueva hora, votar de modo nulo es tan eficaz como quedarse en casa. Aunque, quizás, para el vocal que en la noche del domingo tiene que contar todos los votos puede resultar divertido encontrarse, a veces, un improperio en una de las papeletas; pero esto, de nuevo, tiene muy poca relevancia a la hora de cambiar el sistema.

En definitiva, la abstención activa me parece una contradicción entre términos y muy poco eficaz como instrumento de lucha o de protesta. Recomendaría (muy mucho) empezar a votar a otros partidos, especialmente a los minoritarios que tan difícil lo tienen con la Ley d’Hont.

 

sustrato-universalImaginad que la ousía (ουσια) de la que siempre hablaba Aristóteles (y sus seguidores medievales e idealistas diversos) no hubiera sido traducida al castellano como “sustancia originaria”, sino como “sustrato universal”. Es decir, no como una base misteriosa e incognoscible, principio de todo ser, con connotaciones metafísicas y posible vínculo con un dios omnipotente y creador; sino como tierra, sencilla y básica, sustrato donde crece toda la vida, donde posamos nuestros pies, abono de nuestras plantas y hogar de insectos y gusanos, quizás mezclado con un poco de mierda. Entonces, la “Metafísica” hubiera podido ser un libro de botánica y la historia de la filosofía habría sido completamente distinta, menos idealista y más cercana a nuestra materialidad y contingencia cotidiana.

 

Muchos fueron los que se escandalizaron hace dos domingos cuando la edición en papel de “El País”, en papel, se distribuyó por todos los kioscos y tiendas con la siguiente errata en su portada:

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Las redes sociales ardieron, hubo críticas por todos lados y no se dejó de recordar ni a los últimos despedidos por PRISA, ni a la incompetencia de los periodistas en general (hecho muy curioso, del cual quizás escriba en otra ocasión: el trabajo de los periodistas sólo es recordado cuando algo sale mal, pero muy pocos reconocen el esfuerzo cotidiano, a contrarreloj y generalmente malpagado que deben hacer estos profesionales para que las noticias lleguen, día a día, al papel, a las ondas radiofónicas y a las pantallas)

Y sin embargo, ¿por qué tanto escándalo? Aquella errata en la portada sólo fue una muestra más de la poca importancia que se le concede hoy en día a la ortografía, así como del mal uso generalizado del lenguaje que se viene dando desde hace unos años, en gran parte motivado por la escritura rápida y abreviada de los teclados de los móviles y porque a muy poca gente parezca importarle por ejemplo que el verbo “echar” nunca se escribe con “h” inicial, o que los acentos están ahí para algo más que para decorar palabras, entre muchas otras cuestiones…

Día a día descubro erratas, errores ortográficos y faltas tremendas por todos lados: menús de restaurantes, anuncios por palabras pegados en paredes, dársenas de autobús y farolas, carteles en supermercados y comercios diversos, mensajes de texto, páginas de libros y páginas webs (y no deseo hablar de trabajos académicos de estudiantes universitarios porque me enervo…). Sin embargo, hace poco mi paciencia con las faltas de ortografía y los límites de mi asombro se vieron sobrepasados con creces cuando descubrí la aparición recurrente de erratas, sin que a nadie parezca importarle, en las páginas webs oficiales de los servicios de búsqueda de empleo, tanto a nivel nacional, como regional.

Pongo sólo dos ejemplos de los múltiples que tengo: el primero hallado a mediados de esta semana en la página web del Servicio Andaluz de Empleo:

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y el segundo que he encontrado hoy mismo en el Servicio Público Estatal (que no sólo funciona realmente mal y con faltas, sino que además hoy está inactivo)

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Mi conclusión: entre políticos y funcionarios, nos gobiernan y administran unos incompetentes que no saben ni escribir con corrección y a quien parece que ni siquiera les importa dar esta mala imagen, de incompetencia e ignorancia. Y dicen que “trabajan para nosotros”, cuando deberían ser ellos los primeros en engrosar las listas del paro.

Si fuera por mí, exigiría que cualquier persona que se presentara a un cargo público tuviera que aprobar una prueba de ortografía para conseguir el puesto. Como sé que no es posible, me contento con recomendaros este librillo tan inteligente de Sabina Urraca, otra defensora a ultranza de la corrección ortográfica: http://madrid.lecool.com/event/tus-faltas-de-ortografia-hacen-llorar-al-nino-dios/

Me gustaría contemplar un ejemplo más de términos que no se adecuan a su referencia y proponer un neologismo, no tanto por reivindicaciones de género, como por razones gramaticales (aunque no entienda éstas dos como completamente separables, al fin y al cabo, lo que decimos está profundamente imbricado con lo que somos, además nos entendemos, expresamos y quejamos con palabras, que aunque nos vengan dadas, como algo más o menos fijo, reglado y aprendido en la escuela, se pueden variar para expresar con más claridad y concreción algunas realidades y para eliminar alguna que otra ambigüedad).

El término en cuestión que quisiera discutir es “fraternal” y sus derivados. Podemos entender “fraternidad” como la hija pequeña y poco atendida de la revolución francesa, prácticamente olvidada por la popularidad de sus dos hermanas mayores: “libertad” e “igualdad”. En este momento, aconsejaría leer “El eclipse de la fraternidad” de Domènech, quien hace una magnífica reconstrucción de la historia de este término a lo largo de las distintas reivindicaciones políticas occidentales, se refiere a sus implicaciones políticas y de género y destaca con especial interés en las dificultades para mantener este ideal fraternal en cualquier sociedad (es decir, lo difícil que resulta aquello de buscar un “nuevo sol en que los hombres volverán a ser hermanos” cuando hay clases, rentas e intereses diversos que nos diferencian).

Mi crítica en este caso no iría dirigida a cuestionar este horizonte ideal, sino a replantear el término, para ver si es completamente adecuado en todo momento. Por ejemplo, ¿cabe preguntar si la revolución francesa mantenía un ideal fraternal? Y respondería que sí, sin duda. Ahora bien, ¿esto implica que sólo hubiera varones, potencialmente hermanos, en las calles luchando por la igualdad? No, no tanto, destacaron grandes mujeres en aquella lucha, como Olympia de Gouges y sus hermanas. En este sentido, no encontraría problemas en el uso del término “fraternal” referido a la revolución francesa y considero que empezar a discutir si resulta adecuado para designar un conjunto de personas, con independencia de su sexo, o si, por el contrario, hay que prescindir de este término, para emplear una expresión más neutra, poco significativa y con poca historia (no sé, se me ocurriría: “hermandad”, pese a sus rémoras católicas o incluso “humanidad”, aunque no sea lo mismo que “fraternidad”…), supone más bien iniciar debates metalingüísticos profundos, en vez de tratar de responder a la dificultad que supone el trato desigual entre seres humanos o la pérdida de vínculos entre clases.

Entonces, aceptaría el uso del término “fraternal” si se refiere a grupos de población de ambos sexos, al menos hasta que se defina otro término más adecuado. Ahora bien, encuentro un problema cuando el grupo referido se compone sólo de mujeres, ¿cabría decir “la lucha fraternal de las amazonas” sin cometer un error gramatical?, ¿es correcta la frase “me voy de viaje fraternal con mis hermanas” si sólo somos mujeres? Y en este caso, diría que en estas expresiones reside un error, ya que el término usado tiene una connotación masculina (y quizás neutra o para ambos sexos como he intentado mantener), mientras que el grupo referido es exclusivamente femenino. Y este uso sería casi tan erróneo como decir “naranjas azules” o “círculos triangulares”, es decir, el objeto referido (las naranjas o los círculos) y el adjetivo usado no concuerdan.

Ante ese problema, reivindicaría un nuevo término, no aceptado por nuestra tan tradicional y masculina Academia de la Lengua. Se trata de “sororidad” (de “soror” en latín, “hermana”), que dio lugar a “sorority” en inglés, lengua que, pese a su neutralidad, parece mostrar una mayor sensibilidad que el castellano por estas cuestiones de género y precisión. Animo entonces a todos y a todas a usar este término cuando proceda.

Según Aristóteles en la Poética lo asombroso sucede cuando de repente acaece un hecho casual, completamente azaroso, y entonces todo adquiere mucho más sentido y coherencia que antes, como si el azar se hubiera dado a propósito, como si lo hubiera realizado alguien que sabe mucho más que nosotros, un dios o un poeta.

No nos despistemos, ni el filósofo griego creía, ni tampoco creo yo en la predestinación o en los planes ocultos que la historia o un dios guardan para nosotros, pero ambos valoramos un buen relato, bien hilado; y reconocemos el papel que el azar juega en las vidas humanas.

Aristóteles se refería a lo asombroso para explicar la creación de obras de ficción y la importante tarea del autor que logra que lo imposible sea creíble, coherente y sorprenda al espectador. En ocasiones el asombro también aparece en la vida real, en los poco frecuentes casos en donde se dan casualidades, sin que exista más explicación que una omisión o un error y de repente, todo cobra mucho más sentido y coherencia, como sucede en las novelas (al menos en las clásicas) donde al final todas las piezas encajan con el principio y el protagonista acaba siendo feliz o comprendiendo el porqué de sus desdichas.

Me he encontrado un ejemplo muy claro de esta asombrosa casualidad con sentido en una errata del índice de Justicia como equidad, de John Rawls (reimpresión de 2002). En el subtítulo del capítulo octavo donde en vez de “autonomía racional” dice “autonomía rancional”. Entonces he comprendido que el concepto de racionalidad de este autor, y por extensión, su concepción del ser humano (racional), no debería designarse con este término, sino con el de “rancional”. Si se aceptara este adjetivo para designar a la teoría de Rawls, se resolverían muchas dificultades de interpretación y se evitarían numerosas e infértiles discusiones académicas, así como aburridas horas de clase donde se intenta explicar un concepto de “racionalidad” que no es tal. Me explico:

Para este filósofo norteamericano existe una proyección ideal, llamada “velo de la ignorancia” que no se va a realizar nunca pero que todos los seres humanos racionales (aquí debería decirse “rancionales”) realizan, según él, sin excepción para alcanzar acuerdos y soluciones a problemas relevantes. Este autor parte de una situación concreta en la que los ciudadanos racionales (de nuevo, yo diría “rancionales”) pertenecientes a una sociedad cerrada (a los que no forman parte de esta sociedad cerrada o se encuentran en sus márgenes o fronteras, Rawls ni los menciona) deben resolver una dificultad o problema (por ejemplo la injusta repartición de bienes o la desigualdad de salarios). Para solucionar esto, los ciudadanos proyectan esta imagen ideal o velo de ignorancia, según la cual, nadie puede saber qué posición social o económica tendría (un poco como en “La lotería de Babilonia” de Borges o en la repartición de anual roles de “Amanece que no es poco”…). Como consecuencia de este no saber, los ciudadanos entienden que todos ellos podrían estar tanto en la mejor, como en la peor situación posible y entonces, según Rawls, tomarán la decisión que más les convenga a todos.

Esto es, el autor entiende que no todas las personas son iguales, ni van a poder estar igualmente beneficiados por cada decisión tomada, pero, si se tienen en cuenta todas las posibles decisiones y las consecuencias de cada una de ellas, se acabaría aceptando la decisión que menos afectara a los más afectados. Según Rawls las desigualdades, injusticias o los brazos más bajos de la balanza (en nuestro ejemplo: los salarios ni-milieuristas o los contratos basura) no se van a poder eliminar nunca, sino que han de ser admitidos por todos (de nuevo, por los beneficiados y por los perjudicados), ya que esa situación desigual “obrará en provecho de todas las partes involucradas” y además, viendo la sociedad “como una empresa en marcha” (sic, Justicia como equidad, p. 81), cada uno “tiene que encontrar razonable y preferir su condición y perspectivas con la desigualdad” a preferir lo que sería esa sociedad “si funcionara sin desigualdad” (ibidem).

Como cabe observar, este autor acaba defendiendo, por motivos racionales (que yo llamaría “rancionales”) una comprensión completamente liberal, incluso empresarial, de la justicia y de la repartición de bienes para resolver cualquier problema. Y aunque proponga como un principio básico de su teoría la igualdad de oportunidades en el punto de partida, acaba manteniendo un concepto liberal, formal e indiferenciado de igualdad, esto es, de libre competencia en el libre mercado (dicho en plata: “la ley de la selva”), donde no se tienen en cuenta las diferencias que caracterizan a los individuos (por ejemplo en este reparto desigual de salarios, no se contemplan las diferencias de género y ya hemos observado cómo los que no son admitidos como miembros de una sociedad, por ejemplo los migrantes, no son tenidos en cuenta por este autor) y donde además los grupos privilegiados y los grupos perjudicados suelen mantenerse siempre igual y sin muchas variaciones posibles.

Es decir, según el velo de ignorancia, se proyectaría una situación ideal, donde todos los componentes de esa sociedad podrían, en principio, alcanzar cualquier puesto o salario; pero en realidad, cuando esto no se logra y todo sigue igual de injusto y desequilibrado, según Rawls, se debe aceptar esta situación, que no es perfecta, ni igualitaria pero que resulta necesaria y racional por las razones antes dadas. Y quien no admitiera esta decisión (por ejemplo por hallarse en una situación menos privilegiada o por no llegar a fin de mes) podría ser criticado por no ser racional o no entender la tan racional (es decir, “rancional”) explicación dada antes: la que aduce que una situación desigual donde la parte que recibe la peor parte recibe algo es mejor que una situación igualitaria o que una explicación alternativa que cuestione el liberalismo económico y busque otras soluciones a este reparto desigual (por ejemplo regular el mercado, poner límites a los salarios, subir los impuestos a las rentas más altas o frenar la inflación).

Como veis, la explicación de Rawls acaba siendo un tanto circular y las razones y decisiones antes llamadas “racionales” acaba siendo la comprensión rancional y particular de un grupo concreto de individuos: los privilegiados. Por todo ello considero que la utilización del término “racional” en la propuesta de Rawls es inadecuado, ya que no está contemplando motivos racionales, aceptables por todos, sino su propia y rancional concepción de la realidad.

 

Señores de bankia:

Estoy utilizando el plural genérico, lo acabo de consultar y vuestro actual consejo de administración se compone de nueve hombres y una mujer, aunque en realidad en este momento me dan un poco igual las cuotas y me resulta indiferente el sexo de los integrantes de la cúpula de vuestro banco, ya que todos vosotros/todos vosotras seguís haciendo el mal y estafando por doquier. (Aprovecho para destacar un grave error de planteamientos esencialistas relacionados con el sexo: nadie es más bueno, moralmente bueno, por ser del sexo femenino. Tan sólo un contraejemplo de los múltiples que se me ocurren: Esperanza Aguirre)

Me remito en esta carta a los que dirigen esta entidad, la llevaron a la quiebra, se dejaron rescatar, se medio recuperaron y hoy en día siguen embaucando a los españoles y las españolas, jugando con sus sueños o mejor aún: anticipando y vendiéndoles sus sueños a cambio de préstamos de interés variable o hipotecas diversas, como hacían los hombres grises de “Momo” con el banco del tiempo. ¿Tanto dinero os hace falta para levantar cabeza que necesitáis vender planes de jubilación a la generación que nació a finales de los setenta? Quizás otro día escriba sobre la publicidad de este banco, la Abeja Maya y Heidi… hoy quiero hablar sobre banca y género porque, señores de bankia, esta vez os habéis pasado:

Estoy harta de que me ofrezcáis servicios que no necesito, me recomendéis una nueva tarjeta para mis “gastos y caprichitos”, me linchéis a comisiones y cerréis la entidad donde mis padres tenían sus cuentas, dejándolos con hipoteca y sin banco, pero hoy cayó la gota que colmó el vaso:

Todo empezó al visitar el buzón por la mañana: junto a las facturas habituales, la publicidad de clases particulares y cerrajeros a domicilio y alguna que otra decepción, me encontré con esto:

babero bankia

En la parte de atrás de esta vil imagen, me cuentan que quieren darme financiación para “reformar su habitación y para sus estudios” (los de él o ella, supongo que el futuro churumbel, ya que a mí me hablan de tú, como si me conocieran de toda la vida…) y que además, ellos lo pagan todo, para que yo sólo tenga que preocuparme de “lo realmente importante”.

Ahora bien, ¿cómo entender esto de “lo realmente importante”?

Posibilidad 1: que me ponga a procrear, a comprar ropa mona y rosita, a hacer un ajuar y a buscar un nombre para la nueva criatura, aunque en realidad no tenga trabajo, ni ahorros suficientes para cuidar a otro ser humano. Es decir, ¿cómo voy a tener descendencia si no tengo estabilidad, ni sé dónde estaré el año que viene?, ¿acaso da todo igual y traer una nueva vida a este mundo va a ser la solución de todos mis problemas, ya que bankia me financia?

Resulta posible vincular estos interrogantes con el conservadurismo más carca y católico y español que hoy en día defiende “la vida” por las calles de las principales capitales españolas, sin pararse a pensar todos los problemas, responsabilidades y gastos que conlleva un nuevo nacimiento. De nuevo tengo la impresión de que, sin darnos cuenta, hemos viajado en el tiempo y nos encontramos en los años cuarenta o cincuenta del pasado siglo; si no, no me puedo explicar el momento retrógrado recalcitrante que estamos viviendo, ni publicidades como ésta.

Posibilidad 2: ¿acaso debo entender que me estáis infantilizando con esta publicidad, tratándome con condescendencia, permitiendo que me compre lo que quiera, mis sueños rosados, y les ponga una etiqueta con mi nombre aunque, sea lo que sea lo que compre, no será mío, sino vuestro ya que sois vosotros los que vais a poner el dinero para ese gasto y así me vais a endeudar y tenerme ya atada a vuestro banco per secula seculorum, con cintas rosas y pagos mensuales y crecientes?

En serio, no lo entiendo, no sé qué mente preclara ha ideado esta publicidad o qué es lo que pretendéis. Tampoco sé, me encantaría que me lo aclaraseis, si enviáis esta publicidad sexista y cursi a todos vuestros clientes o sólo a las treintañeras con pocos ahorros y posibilidad remota de embarazo, ya que la vida pasa deprisa y hay que plantar árboles y traer hijos al mundo, en otro ejemplo de los prejuicios de género más rancios que se pueden dar (el de: “Ay niña, que se te va a pasar el arroz…”) y que ahora reproducís con vuestra publicidad, para favorecer vuestros aviesos intereses.

Quisiera saber qué anuncios le enviáis a los varones solteros treintañeros: ¿ésta misma?, ¿un babero azul?, ¿la foto de un barco y un gorro de pirata para que se hagan a la mar y cumplan sus sueños de navegar los siete mares?, ¿o acaso la imagen de un coche nuevo y grande, para que se sientan varoniles, poderosos y logren conquistar a muchas mujeres (de las que no pertenecen a la categoría de “desear ser madres”, sino las que sólo quieren divertirse y pasarlo bien, sin compromisos, ni presiones)?

Podría seguir escribiendo topicazos, pero estoy harta. Harta de que me ofrezcáis préstamos que no necesito, me tratéis con condescendencia y me digáis cuáles tienen que ser mis sueños y prioridades (gastar, gastar, no pensar, ¿procrear?…), especialmente porque me estáis imponiendo un sueño patriarcal, tradicional y conservador que no es el mío y aunque lo fuera, no iba a conseguirlo de ninguna manera si me endeudara con vuestro banco.

No voy a ocupar más de vuestro precioso tiempo, sólo quiero deciros para acabar que me he abierto una cuenta con otro banco.

atentamente,

Miss Understanding